El fallo recurrente de escaleras mecánicas y ascensores transforma el trayecto diario en un calvario de escalones insuperables para adultos mayores y personas con discapacidad.

Para miles de capitaleños, el viaje matutino no empieza al abordar el tren, sino al intentar descender o subir hacia el andén. El Metro de Santo Domingo, concebido como el motor de la movilidad moderna en la ciudad, enfrenta un deterioro cotidiano en sus accesos verticales que impacta con dureza a quienes más necesitan de este servicio.
Cintas amarillas de precaución, letreros de «fuera de servicio» y equipos simplemente apagados forman parte del paisaje habitual en diversas paradas de la red subterránea.
Una lotería diaria para los adultos mayores
Enfrentar decenas de peldaños de concreto no es solo un contratiempo o un retraso en la rutina; representa un esfuerzo físico desgarrador. Para los adultos mayores y las personas con movilidad reducida, la falta de funcionamiento en los equipos de elevación convierte el transporte público en una verdadera prueba de resistencia.
Usuarios del sistema relatan que desplazarse por las terminales se ha vuelto una ruleta rusa. En puntos de alto flujo como la estación Concepción Bona o Juan Pablo Duarte, la avería simultánea de varios accesos obliga a los pasajeros a depender de la solidaridad de extraños o a poner en riesgo su salud física para continuar su camino.
Aglomeraciones y demoras en las horas pico
El fallo electromecánico de una sola unidad genera un impacto inmediato en todo el flujo peatonal. Durante las horas de mayor demanda, la paralización de las escaleras eléctricas sofoca los pasillos, provando cuellos de botella y aumentando los tiempos de espera de forma considerable.
Aunque la red cuenta con más de 100 ascensores y cerca de 250 escaleras mecánicas distribuidas en sus dos líneas, el desgaste continuo y las demoras en la sustitución de piezas clave mantienen inoperativos múltiples accesos durante semanas enteras.
La urgencia de un mantenimiento definitivo
La accesibilidad universal representa un derecho fundamental en cualquier red de transporte metropolitano. Los ciudadanos que pagan diariamente su pasaje exigen a las autoridades del transporte una respuesta ágil que garantice la operatividad permanente de esta infraestructura.
Mientras no se implemente un plan de mantenimiento preventivo y eficaz, la movilidad vertical en el subterráneo continuará siendo un tramo amargo para quienes solo buscan llegar a tiempo a sus hogares o puestos de trabajo.
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