El modelo de confinamiento masivo impulsado en El Salvador genera un fuerte atractivo electoral en América Latina, aunque expertos advierten sobre los elevados costos institucionales, el hacinamiento y el riesgo de convertir los recintos en «universidades del crimen».

El fenómeno no se detiene. En enero, el entonces electo presidente de Chile, José Antonio Kast, aterrizó en un helicóptero en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot) en El Salvador para replicar el modelo de seguridad. Meses después, ya en el poder, ordenó el traslado de cientos de reclusos de alta peligrosidad a la cárcel La Laguna.
Aunque se trata de una puesta en escena similar a la protagonizada por Nayib Bukele en 2023, la imagen de miles de presos sentados en el piso, con las manos esposadas y las cabezas gachas, ha resultado tan poderosa que en tres años los mandatarios y candidatos de países como Colombia, Ecuador, Perú, Costa Rica, Panamá y Guatemala han prometido la construcción de infraestructuras similares para enfrentar al crimen organizado.
Todos aspiran a replicar el éxito de la «mano dura» con la que Bukele redujo drásticamente la tasa de homicidios en El Salvador, pasando de 54 por cada 100,000 habitantes en 2019 a apenas 1,9 en 2024, alcanzando el nivel más bajo en tres décadas y consolidando una aprobación popular inusual del 68,7%.
Factores invisibles y el desafío aritmético
Sin embargo, analistas y expertos en seguridad señalan que la experiencia salvadoreña es casi irreplicable debido a factores estructurales muy específicos. En primer lugar, las estadísticas de homicidios ya venían en descenso antes de que Bukele asumiera el poder, tras haber tocado un pico de 108 por cada 100,000 habitantes en 2015. A esto se suman denuncias sobre acuerdos previos con las pandillas y una masiva campaña de detenciones amparada en un estado de excepción de más de cuatro años, que ha encarcelado a cerca del 2% de la población salvadoreña.
El obstáculo principal para otros países es aritmético más que ideológico, explica el sociólogo Marcelo Bergman:
- El factor poblacional: Con 6.5 millones de habitantes, El Salvador encarceló al 2% de su gente. Trasladar esa proporción a naciones más pobladas requeriría cifras inmanejables, como un millón de presos en Colombia o cuatro millones en Brasil.
- La estructura criminal: Las pandillas salvadoreñas poseían un mando centralizado que facilitó su desarticulación tras acuerdos y operativos, una realidad muy distinta a la descentralización que impera en organizaciones delictivas complejas de países como Colombia, Ecuador o Venezuela.
Símbolos políticos eficaces frente al miedo ciudadano
Para Robert Muggah, cofundador del Instituto Igarapé, el atractivo de las mega cárceles radica en su poder comunicacional y político.
“Toman algo abstracto, como el miedo a la delincuencia o la frustración por la impunidad, y lo transforman en algo literalmente concreto. Se puede ver la prisión, se pueden ver miles de detenidos, se puede ver al Estado aparentemente reafirmando su control”, señala Muggah.
Mientras que las mejoras en fiscalías, investigaciones científicas o profesionalización policial son difíciles de publicitar con un impacto visual inmediato, la mole de concreto de una mega cárcel se convierte en un símbolo electoral sumamente rentable.
¿Solución definitiva o nuevas universidades del crimen?
Más allá del impacto inicial, los especialistas advierten que, si el Estado no ejerce un control absoluto y transparente, las mega cárceles corren el riesgo de convertirse en centros de reclutamiento y operación para estructuras criminales consolidadas, tal como ocurrió históricamente con el Primer Comando Capital (PCC) en Brasil o el Tren de Aragua en Venezuela.
Además, mantener regímenes de excepción de manera indefinida erosiona el aparato institucional democrático, debilita las garantías del debido proceso y vulnera los derechos fundamentales, planteando un dilema crítico para los gobiernos de la región: ¿están dispuestos a pagar el costo institucional de desmantelar el Estado de derecho para combatir la inseguridad? (Tomado de Conectas)
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