El campo de batalla evoluciona a un ritmo sin precedentes. Expertos de Rusia, Estados Unidos y China analizan los riesgos de la tecnología autónoma, el fantasma nuclear y el fin del monopolio militar de las superpotencias.

El campo de batalla está cambiando mucho más rápido que las propias reglas diseñadas para contenerlo. La guerra del futuro no se librará únicamente en las líneas del frente tradicional; los drones, los sistemas autónomos y los algoritmos convivirán con la artillería pesada, mientras que las ciudades, las redes eléctricas, los satélites y los centros de datos se convertirán en objetivos directos.
Al mismo tiempo, la frontera entre la guerra y la paz se vuelve cada vez más difusa. Ciberataques, sabotajes y operaciones encubiertas mantendrán a las naciones en un estado de confrontación permanente, mientras la sombra del riesgo nuclear continúa proyectándose sobre cualquier escalada bélica.
El papel de las armas nucleares y el pulso electromagnético
Una de las consecuencias más inquietantes de esta nueva revolución militar es el resurgimiento de la importancia estratégica de las armas nucleares y la aparición de nuevos incentivos para su uso, advierte Vasili Kashin, director del Centro de Estudios Integrales Europeos e Internacionales de la Escuela Superior de Economía de Moscú.
Este panorama se agrava porque, por primera vez en más de medio siglo, Estados Unidos y Rusia —las dos mayores potencias nucleares del mundo— carecen de un tratado bilateral de control de armas en vigor, mientras que potencias regionales como India y Pakistán mantienen tensiones militares periódicas.
Kashin subraya que, ante una explosión nuclear a gran altitud, el impacto de un pulso electromagnético sería devastador. Una carga detonada a decenas o cientos de kilómetros de altura generaría un campo electromagnético capaz de paralizar redes eléctricas, sistemas de telecomunicaciones y satélites, provocando incendios, accidentes de transporte y colapsando los servicios médicos y municipales.
“Para un ejército moderno, la pérdida de infraestructura digital supondría una fuerte caída de la eficacia de los sistemas no tripulados, la inteligencia, las armas de precisión y los sistemas automatizados de mando”, señala el analista.
La democratización de la guerra y los ataques de largo alcance
Por su parte, Jennifer Kavanagh, investigadora principal y directora de análisis militar de Defense Priorities, sostiene que el poder militar se está democratizando drásticamente debido a los abaratamientos tecnológicos. La proliferación masiva de drones y misiles económicos pero precisos está erosionando las ventajas tradicionales de las superpotencias.
Esta realidad permite que Estados más pequeños impongan costes significativos a ejércitos tecnológicamente superiores, elevando la probabilidad de estancamientos prolongados en los conflictos. Como resultado, las campañas militares tenderán a priorizar ataques de largo alcance para evitar costosas incursiones terrestres y minimizar el desgaste.
“En el pasado, las capacidades de ataque profundo eran un privilegio de las grandes potencias, pero eso está cambiando. Los Estados seguirán invirtiendo en misiles avanzados, pero también recurrirán a municiones de largo alcance y drones de bajo coste que son casi igual de eficaces”, afirma Kavanagh.
¿Es inevitable el choque entre potencias?
Desde Shanghái, Nelson Wong, vicepresidente del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, rechaza el fatalismo de la llamada «trampa de Tucídides», el concepto que augura un enfrentamiento inevitable entre una potencia dominante y una emergente, aplicado frecuentemente a la rivalidad entre Washington y Pekín.
Aunque las tensiones bilaterales persisten y el crecimiento militar chino reconfigura el debate estratégico global, Wong argumenta que la guerra entre grandes potencias responde a una elección política y no a un destino inevitable.
Según el experto, los conflictos armados se vuelven probables cuando convergen tres factores críticos: que las preocupaciones de seguridad mutuas degeneren en percepciones paranoicas; que las voces belicistas eclipsen los costos catastróficos del enfrentamiento; y que los canales de comunicación diplomática colapsen durante las crisis.
“La cuestión no es si la guerra es inevitable, sino si los líderes de ambas partes tienen la voluntad política necesaria para contener estos factores y si Washington puede abandonar su enfoque de suma cero frente al ascenso de China”, concluye Wong. (Fuente externa)
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