El artista plástico dominicano abre las puertas de su universo creativo, donde la tinta indeleble, los mitos del sur y un bestiario de resistencia desafían la lógica del pensamiento común.

El arte dominicano encuentra su fuerza en las historias que se arraigan en la tierra y en los recuerdos de la infancia. Para el reconocido artista plástico Cristian Mateo, la pintura no es solo una técnica, sino un viaje crudo y honesto hacia su propia memoria. A través de un estilo que define como surrealista, Mateo transforma vivencias en discursos visuales potentes, utilizando un material tan definitivo como la tinta indeleble.
En su obra, los espectadores no encuentran paisajes convencionales. Lo que emerge es un universo habitado por un bestiario personal donde las cigüeñas, el icónico palo de fósforo y los reptiles cobran un protagonismo inesperado.
El sur y el cocodrilo como resistencia
Sobre esta particular iconografía, el intelectual Fausto Brito destaca que el artista utiliza el sur como escenario de leyendas pueblerinas que forman parte de la oralidad de la literatura, recordando cómo a Mateo lo conmovía la rispidez de la vida de los cocodrilos del lago donde ocasionalmente lo llevaba su padre, un elemento que hoy presenta en su obra visual como un símbolo de resistencia y disciplina ante la conducta humana que no respeta su hábitat.
Del cachimbo de la abuela al lienzo
¿Cómo llega un objeto de cocina como el palo de fósforo a convertirse en el sello de su discurso? La respuesta se encuentra en los campos dominicanos y en la figura de su abuela. Ella fumaba cachimbo y tabaco de andullo, y guardaba celosamente sus cerillos en una lata.
«Ahí fue cuando me convertí en un pirómano; todo lo que encontraba le prendía fuego», confiesa Mateo entre risas nostálgicas. Ese fuego infantil encendió también su vocación, llevándolo a aprender a dibujar mucho antes de saber leer o escribir. Desde entonces, el fósforo dejó la cocina para encender el discurso de sus lienzos.
Una playa sin mar y el éxito temprano

El reconocimiento le llegó rápido, aunque el camino del arte siempre guarda sus misterios. Mateo recuerda con especial afecto su primera exposición, titulada «Andando en mi coche te vi». Esa noche ocurrió el fenómeno que todo artista sueña: vendió todas las piezas. Hoy en día, confiesa que sigue intentando recuperar alguna de esas obras, cuyo rastro exacto se perdió en el tiempo.
Al preguntarle por la obra que le genera un verdadero impacto emocional, el artista no vacila en señalar «Vientre de un misil». Se trata de un cuadro que muestra un barco cargado de reminiscencias navegando en una playa sin mar. Ante la contradicción, Mateo responde con la complicidad de los grandes creadores: «El surrealismo es algo muy mágico. Los artistas nos identificamos con él porque nuestro pensamiento no es común».
La esencia del artista realizado
Al mirar atrás y comparar al niño fascinado por el fuego con el pintor respetado de la actualidad, Cristian Mateo se siente pleno. Sin embargo, su éxito no radica en las ventas o los aplausos, sino en la fidelidad a sus raíces y en su frase de cabecera: «Nadie me está esperando».
Para el creador, la realización es un asunto de identidad. «Hay un aspecto fundamental del hombre que es el principio. El hombre que se olvida del principio no debería existir; lo básico, el principio de la esencia», concluye con firmeza.
El Viaducto.NET El Tren Informativo del Mundo