El reloj marcaba la mañana del 11 de septiembre de 2001 cuando una llamada telefónica cambió la rutina de miles de hogares en la República Dominicana. Para Luis Emilio González, aquel aviso de su esposa para que encendiera el televisor dio paso a una escena dantesca: las Torres Gemelas de Nueva York envueltas en humo.

Sin embargo, detrás de la conmoción mundial por los atentados en Estados Unidos, en suelo dominicano se vivía un drama silencioso y profundamente personal. Con una diáspora masiva establecida en la Gran Manzana, la incertidumbre y el temor se apoderaron de quienes tenían padres, hijos, hermanos o amigos en la zona del impacto.
Horas de angustia y llamadas sin respuesta
En una época en la que los teléfonos inteligentes, WhatsApp y las videollamadas eran impensables, el acceso a la comunicación dependía de líneas telefónicas fijas saturadas. Cada llamada que no entraba incrementaba el pánico entre los familiares que intentaban saber el estado de sus seres queridos.
Testimonios como el de María, recordado desde el Aeropuerto Internacional de las Américas, reflejan el desconcierto de aquellos momentos. Ver las imágenes por televisión mientras las líneas colapsaban dejó una huella imborrable de impotencia en la memoria colectiva dominicana.
Un impacto imborrable en la memoria colectiva
A veinticinco años de aquella tragedia que redefinió la historia moderna, el 11 de septiembre sigue asociado para muchos dominicanos no solo al colapso estructural en Manhattan, sino a la larga espera frente a las pantallas y los teléfonos. Fue el día en que el corazón de miles de familias en el país quedó suspendido al otro lado de una línea que tardó horas en sonar.
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