El escenario geopolítico centroamericano vuelve a agitarse. El presidente de Panamá, José Raúl Mulino, tuvo que salir al paso para sofocar la creciente crispación diplomática generada tras una reciente visita de legisladores panameños a Taiwán.

Mientras el país intenta navegar con cautela entre las presiones de Estados Unidos —interesado en frenar la influencia asiática y controlar el estratégico canal—, el mandatario dejó en claro que la política exterior la marca exclusivamente el Ejecutivo y no las agendas legislativas.
El polémico viaje al Parlamento taiwanés
La tormenta diplomática se desató luego de que una delegación multipartidista de la Asamblea Nacional viajara a Taiwán con el propósito de afianzar la cooperación comercial, tecnológica y atraer inversiones en semiconductores.
Aunque Panamá rompió oficialmente sus lazos diplomáticos con Taipéi en junio de 2017 para reconocer a la República Popular China bajo el principio de «una sola China», los lazos comerciales con la isla se han mantenido sumamente dinámicos y rentables, al punto de superar a socios tradicionales y convertirse en el principal inversionista asiático del país.
Entre la presión de EE.UU. y el salvavidas económico
Para la administración de Mulino el equilibrio es sumamente delicado. Por un lado, Washington presiona abiertamente para desplazar la presencia asiática en la región bajo argumentos de seguridad nacional, llegando a realizar ejercicios militares recientes en torno al canal.
Por otro lado, ante una fuerte contracción en la inversión extranjera total durante el último año, el capital y el intercambio comercial con Taiwán representan un soporte financiero vital que los diputados recomiendan blindar mediante una oficina comercial de representación, situando a Panamá en medio de un intenso pulso geopolítico global.
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