
El calendario marca otra vez la fecha y la memoria colectiva del Este despierta. Ya pasaron cuatro años desde que las paredes de madera crujieron, los ríos abandonaron sus cauces y el viento borró de un plumazo la calma en comunidades enteras. Aquella madrugada del 19 de septiembre de 2022, el huracán Fiona no solo tocó tierra; dejó una marca honda en la geografía y en la gente de la República Dominicana.
alrededor de las 3:30 de la mañana, el centro del fenómeno entró por Boca de Yuma, en la provincia La Altagracia. Llegó sin pedir permiso, empujando vientos sostenidos de entre 140 y 150 kilómetros por hora, lluvias implacables y un oleaje furioso que alcanzó hasta 15 pies de altura en la costa. Lo que siguió fue una noche larga, a oscuras, marcada por el estruendo de los árboles al caer y el zumbido metálico del tendido eléctrico al colapsar.
El impacto en La Altagracia y el avance hacia el noreste
La Altagracia se convirtió en la zona cero del desastre. Al amanecer, el panorama en municipios y parajes era desolador: carreteras bloqueadas por troncos y postes caídos, viviendas sin techo, hoteles afectados y vastas hectáreas de cultivos completamente destruidas bajo el agua. La movilidad se redujo a cero y cientos de familias tuvieron que ser desplazadas a zonas seguras mientras las aguas de los ríos continuaban subiendo.
Pero el paso de Fiona no se detuvo en las costas altagracianas. Mientras el ojo del sistema se desplazaba lentamente hacia el noreste sobre el canal de la Mona, la banda de precipitaciones y ráfagas se extendió con fuerza durante la mañana hacia El Seibo, Hato Mayor, Monte Plata, Samaná y María Trinidad Sánchez.
Un recordatorio de la vulnerabilidad costera
Aunque el huracán terminó abandonando el Caribe para adentrarse en las aguas profundas del océano Atlántico, el rastro de pérdidas materiales e infraestructura dañada tardó meses en recuperarse.
A cuatro años de aquel evento meteorológico, la fecha sirve como un recordatorio constante para las autoridades y las comunidades sobre la urgencia de fortalecer la infraestructura local, mejorar la respuesta ante emergencias y mantener viva la cultura de prevención frente a la temporada ciclónica.
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