La aterradora crónica tras la muerte de Albert de Jesús Aracena: una inversión de 100 millones de pesos priorizada por encima de la vida humana y un crimen ocultado bajo capas de tierra y cal.

CAYETANO GERMOSÉN / MOCA, PROVINCIA ESPAILLAT. – Corría el martes 4 de agosto. En La Guama el calor caía como una manta mojada. Albert de Jesús Aracena, de 32 años, texteaba con un amigo. Esa tarde se iba a “rumbiar” para la piscina de Hincha, a unos 14 kilómetros de distancia. Un plan normal de verano para aplacar el sofocante clima cibaeño.
Al caer la tarde se puso un pantalón a la rodilla, un poloche y un abrigo. Andaba con pocos pesos en los bolsillos, pero sus amigos pagaban por él. Llegó pasadas las 5:00 de la tarde al establecimiento recreativo New York Grill.
La música de dembow ya le ponía pulso al agua entre bebidas, risas y ambiente festivo. Dos jóvenes se le acercaron. La noche se fue calentando y Albert con ella; el alcohol le fue cambiando el paso, como el río le cambia el canto a la piedra.
Y entonces, de repente, se apagó. Albert desapareció como por arte de magia.
La fría decisión entre la vida y el capital
Sus acompañantes pensaron inicialmente que se había retirado. Sin embargo, su ropa seguía tirada donde la dejó y su motocicleta permanecía parqueada, intacta. ¿Para dónde se fue Albert? La pregunta se quedó rebotando entre vasos vacíos mientras el bar bajaba la persiana, la cocina apagaba el fuego y la piscina se quedaba en completo silencio. Los empleados se retiraron a sus casas como cualquier otro día.
Al día siguiente, miércoles 5 de agosto, la administradora Yosilda Altagracia Báez Espinoza recibió la noticia que hiela la sangre: había un cuerpo sin vida en el fondo de la piscina.
Llevada por el pánico, llamó a su hermano, Iván Arias Espinoza:
— “¿Y ahora qué vamos a hacer?”
La respuesta fue fría y calculadora:
— “Si damos parte, nos cierran la piscina. Los familiares nos demandan. Se nos va a pique la inversión de más de cien millones de pesos”.
Inhumación clandestina y 21 días de encubrimiento
Decidieron que el problema no era el difunto, sino el escándalo. Ocultaron el cuerpo, compraron cinco fundas de cal en el Centro Ferretero Consuegra de Moca y contrataron a un jornalero de nacionalidad haitiana para sepultarlo clandestinamente en un predio agrícola.
Para desviar la atención, alegaron falsamente que las cámaras de seguridad “no grabaron”, enterrando a Albert bajo metros de cal, tierra y complicidad.
Pero nada permanece oculto de forma indefinida bajo el sol. El secreto pesó tanto que a los 21 días la propia tierra terminó por hablar. Lo que quisieron sepultar con químicos, el tiempo lo desenterró con preguntas e investigaciones ministeriales.
Hoy, Yosilda Altagracia Báez Espinoza e Iván Arias Espinoza enfrentan cargos formales por ocultamiento de cadáver, delito tipificado en la legislación penal dominicana que conlleva penas de 2 a 10 años de prisión. Albert no volvió a La Guama esa noche; se quedó 21 días oculto mientras la piscina abría como si nada. En Hincha dicen ahora que esa agua ya no refleja solo cielo, sino también lo que ocurre cuando el miedo y la codicia deciden mandar más que la conciencia.
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