El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, negó cualquier participación de Washington en la salida del político brasileño, quien cruzó clandestinamente hacia Argentina antes de volar hacia Florida pese a tener prohibición judicial de abandonar su país.

La reciente fuga del excandidato presidencial brasileño Flávio Bolsonaro hacia Estados Unidos ha provocado una tormenta política e internacional que pone bajo escrutinio las fronteras de la región y la respuesta de los gobiernos involucrados.
La postura de Washington ante la llegada de Bolsonaro
El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, despejó este sábado los rumores al negar categóricamente que la Casa Blanca haya participado en los preparativos del viaje del dirigente ultraderechista.
Sin embargo, Rubio confirmó que el presidente Donald Trump instruyó que, si el político lograba presentarse en un puerto de entrada estadounidense, se le autorizaría el acceso temporal de manera provisional. Actualmente, el hijo mayor del expresidente brasileño se encuentra en Florida bajo un régimen de libertad condicional migratoria, mientras se evalúa su permanencia a largo plazo.
Una ruta de escape por territorio argentino
El itinerario del dirigente generó un profundo escándalo diplomático. Flávio Bolsonaro abandonó Brasil por tierra, cruzando hacia Argentina a través del puente internacional Tancredo Neves, eludiendo abiertamente una orden del Supremo Tribunal Federal brasileño que le prohibía salir del país y le exigía la entrega de su pasaporte en el marco de una investigación por presunto lavado de dinero.
Posteriormente, la familia abordó un avión privado en Puerto Iguazú con un plan de vuelo declarado hacia Ecuador, antes de continuar su trayecto rumbo a Miami. Estos movimientos ya son investigados por la fiscalía argentina para determinar si funcionarios del Gobierno de Javier Milei facilitaron de manera irregular el traslado del investigado.
Reacciones y ambiciones políticas desde el exilio
Lejos de mantenerse al margen, el dirigente aprovechó su llegada a territorio estadounidense para ratificar sus intenciones de liderar nuevamente a la derecha brasileña. Tras ser derrotado en las urnas, aseguró públicamente estar dispuesto a disputar otra elección presidencial antes de 2030, a pesar de las críticas generadas por sus recientes comunicados en los que se resiste a reconocer por completo los resultados oficiales.
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